El Zapato Volador

Mi zapato volador

He bailado desde niña, pero mi primer contrato como bailarina adulta fue en Lloret de Mar, con una compañía que lideraba una madre junto a sus hijas y cuyo recuerdo familiar hoy se me antoja tener una caprichosa similitud a cierto cuento de hadas.

Aun así, estoy agradecida por lo mucho que crecí como persona al sobrevivir en aquella jauría de divas, de la cual sólo se podía excluir a una hija, pero en especial quedé agradecida por la gran lección que saqué de ellas: “Cómo no tratar al prójimo”

Pues bien, trabajando en este peculiar entorno en el que bailaba tan solo baile clásico español pues la madre-jefa de la compañía decía que yo tenía unos brazos muy feos para bailar flamenco, una noche mientras realizaba un développé, mi zapato salió literalmente volando hacia el público. Era la época en que los zapatos se sujetaban con una goma sobre el empeine y entre el exceso de sudoración que siempre tuve en los pies y el escaso empeine de bailarina clásica con el que nací, era inevitable que un día u otro, mi pequeño zapato volador alzase su propio vuelo por libre. 

¡Pues tuvo que suceder justo en aquel contrato!

En aquel primer trabajo me encontré con la sorpresa de que mi querida jefa me había estafado con el salario prometido, recibiendo mi primera nómina por menos de la mitad del importe pactado antes del comienzo del contrato, por tanto, ni qué decir queda. Mis recursos económicos escaseaban y  las medias de red que llevaba puestas aquel día en que mi zapato quiso independizarse, estaban más que remendadas, dejando al descubierto un dedo gordo que se abría paso como cabeza de tortuga por el inmenso “tomate “ de mi media.

¿Qué hace uno en un caso así? 

Pensé: ¿me voy del escenario? ¿sigo con la coreografía como si nada? ¿Me quitó también el otro zapato que me queda? ¿Qué hago? Que hago…….

Allí estaba yo bailando de puntillas mientras sentía el fresquito en mi dedo gordo. La vergüenza me consumía por segundos, pero yo seguía bailando, pretendiendo que nada había pasado y a la vez consciente de que nadie apreciaba ya el baile, sino que toda la atención y risas las protagonizaba mi espectacular tomate en la media y el dedo solista.

El rubor me subía desde la punta de ese dedo hasta las orejas y aunque el tiempo se me hizo eterno, entre el aturdimiento, la vergüenza y la indecisión, la coreografía llegó a su fin.

Al levantar la cabeza en el correspondiente saludo, me encontré con uno de los camareros de la sala que portaba mi zapato sobre una bandeja de plata.

Me sentí como la Cenicienta en versión cutre, sin príncipe ni carroza, pero, a día de hoy me surge una pregunta:

 ¿No sería este el comienzo de mi cuento de hadas?

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